La colegialidad

PRIMERA PARTE

El Papa de la transformación

CAPÍTULO III

Juan Pablo II y el Vaticano II

También el Papa es el apóstol de la Colegialidad: segunda victoria liberal del Concilio.

Hasta 1959, se hablaba de una comunidad de fe y de caridad. Los obis­pos formaban entre ellos una unión moral, no era un Colegio en sentido estric­to más que en los Concilios ecuménicos y con la condición de estar unidos al Papa. Sólo existía un poder Supremo en la Iglesia , el del Papa, en virtud de las palabras de Nuestro Señor a San Pedro: “Apacienta mis ovejas”.

La colegialidad

La colegialidad en el Vaticano II

Desde 1963, el partido liberal “avanzado” consiguió hacer penetrar sus tesis en el capítulo 3° de la constitución Lumen Gentium que lleva por título: “la Constitución jerárquica de la Iglesia y en particular del Episcopado.” Esto para permitir después del Concilio, afirmar más claramente que el esquema privaba al Soberano Pontífice de su Poder Supremo personal y que limitaba su primacía a un papel de moderador respecto a los obispos, en quienes residía, según el esquema, el poder supremo. La Iglesia corría el riesgo de convertirse en República.

Cuando Pablo VI vio que se iba demasiado lejos, añadió una nota explica­tiva para disipar los equívocos:

“El Soberano Pontífice, como Pastor Supremo de la Iglesia, puede ejercer en todo tiempo y sin cortapisas, su poder… Por el contrario, el Colegio, aunque continúe existiendo, no actúa sin embargo permanentemente de una forma estrictamente colegial… “

Puesto que el Concilio quería evitar la distinción entre el poder de orden y poder de jurisdicción, omitiendo precisar el origen de este poder de jurisdic­ción, se recurrió al concepto de “comunión jerárquica”. Y la nota explicativa añadía estas importantes precisiones:

“Por esta comunión se entiende, no un vago sentimiento, sino una reali­dad orgánica que exige una forma jurídica”

La nota fue la salvaguarda de la autoridad personal del Papa, pero el equívoco de la colegialidad no se había disipado totalmente y se dibujan en perspectiva dos poderes supremos; el del Papa y el del Colegio Episcopal.

La palabra “colegialidad” que nadie había definido claramente, iba aabrir­ se camino y Mons. Wojtyla decía al P. Malinski en 1963:

“Ante todo, se trata de revalorizar la autoridad de cada obispo y de promover la descentralización en el interior de la Iglesia, así como de volver al principio de la colegialidad.”

“Aux Sources du Renouveau” y la colegialidad

Mons. Wojtyla en su libro “Aux Sources du Renouveau” se refiere abun­dantemente a todo lo que toca a la colegialidad. Dice así:

“El principio de colegialidad determina en sí el modo de ejercicio de la autoridad en la Iglesia, tal y como fue instituido por Cristo mismo… una Iglesia universal existe en varias Iglesias particulares. Los Obispos, sucesores de los Apóstoles, por su unión al sucesor de Pedro, obispo de Roma, expresan esta multiplicidad que es a la vez unidad, universalidad y ‘particularidad’… El pueblo de Dios es la lglesia, y la Iglesia es igualmente la comunión de las Iglesias: communio Ecclesiarum, que está constituida por la comunión de los Obispos­ Pastores.” (“Aux Sources du Renouveau” pág.124).

El comienzo de este pasaje es peligroso, pues tiende a comparar el go­bierno de la Iglesia al de una República.

En otro lugar de la obra escribe:

“El Vaticano II pone las bases del Sínodo de los Obispos como una nueva institución permanente de la Iglesia de Roma”. (lbidem, pág, 305).

“Es evidente que el Vaticano II no solamente ha confirmado una serie de estructuras ya ensayadas, sino que ha introducido igualmente algunas nue­vas… y no solamente ha confirmado, sino recomendado, la institución de las Conferencias Episcopales.” (Ibídem, pág. 321).

Esto nos hace recordar la confusión entre caridad y autoridad. Ya existían Conferencias Episcopales mucho antes del Concilio pero éstas no tenían nin­gún poder de dirección, eran sólo comisiones consultivas. Pero cuando escribe esto Mons. Wojtyla en 1972. las Conferencias Episcopales se han vuelto más poderosas que los Obispos y les marcan sus directrices.

Mons. Lefebvre puntualizó sobre este tema al recordar que, cuando era Delegado Apostólico en Dakar, existía una Conferencia Episcopal en Mada­gascar; Roma le pidió que crease otras nuevas y escribe así:

“Fue lo que hice, pero en las directrices que las establecían, había precisado bien que no se trataba de instaurar instancias superiores a los Obispos, lo que habría tenido por efecto reducir su autoridad y paralizar su acción en sus diócesis.” (Fideliter nº 59, “Mes 40 ans d’épiscopat”, pág. 23).

Cuando el cardenal de Cracovia accedió al Pontificado, su concepción de la colegialidad se reveló aún más amplia. Así por ejemplo, con ocasión del Sínodo de Obispos de Holanda el 6 de enero de 1980, dirá:

“El sínodo de los Obispos manifiesta de manera especial la colegialidad del Episcopado que, en comunión con el Papa y bajo su dirección, ejerce la autoridad suprema en el servicio pastoral de la Iglesia.”

El Sínodo de 1985 bajo el signo de la colegialidad.
El Sínodo de 1985 bajo el signo de la colegialidad.

Al dirigirse a los Obispos de los Estados Unidos, el 5 de octubre de 1979, el Papa caracteriza así este encuentro:

“…Vengo a vosotros, como alguien que ha sido personalmente edificado y enriquecido al participar en el Sínodo de los Obispos”

También precisa su relación con los Obispos locales:

“En razón de mi propia responsabilidad pastoral hacia el pueblo de Dios en los Estados Unidos, deseo consolidaros en vuestro ministerio de fe como Pastores de Iglesias locales” (Documentatiom Catholique nº 1773, 4 de no­viembre de 1979, págs. 925 y ss.).

El nuevo código de derecho canónico

Al disminuir el poder del Papa en provecho de los Obispos, como Colegio Episcopal, estos dos poderes supremos corren el riesgo de coexistir, si no de derecho, por lo menos de hecho, y esto es lo que sucede hoy. El nuevo código de derecho canónico de 1983 expresa esta realidad.

El canon 115 2 precisa el término “colegial”:

“Un conjunto de personas… es colegial, si sus miembros determinan su acción tomando en común las decisiones que hay que adoptar en igualdad de derecho o no, según las leyes y los estatutos; si no, no es colegial. “

Así pues, las Conferencias Episcopales son a la vez “lugares donde las decisiones se toman en común” y verdaderos “principios de acción”.

Cuando en el canon 331 se estipula que:

“EI Obispo de Roma… es el jefe del Colegio Episcopal, Vicario de Cristo y Pastor en la tierra de toda la Iglesia y que por eso posee en la Iglesia, en virtud de su cargo, el poder ordinario supremo, pleno, inmediato y universal que puede siempre ejercer libremente”,

el texto es ambiguo y se entiende mal que, porque el Papa sea el jefe del Colegio Episcopal, posea el poder ordinario y supremo.

Pío VI en su bula Auctorem Fidei del 28 de agosto de 1794, condenaba la proposición que declaraba que el Pontífice romano recibía el poder de su ministerio, no de Cristo, sino de la Iglesia.

Los “dos poderes supremos”, el del Papa y el del Colegio Episcopal con el Papa, están igualmente valorados en el canon 336:

“El Colegio Episcopal, cuyo Jefe es el Pontífice Supremo y cuyos miembros son los Obispos, en virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica entre el jefe y los miembros del Colegio… es, también él, en unión con su jefe y jamás sin él, sujeto del poder supremo y pleno sobre la Iglesia entera. “

El canon 755 3 I, ilustra el poder abusivo dado al Colegio Episcopal:

“Co­rresponde en primer lugar al Colegio Episcopal entero y a la Sede Apostólica el alentar y dirigir entre los católicos el movimiento ecuménico, cuyo fin es restablecer la unidad entre todos los cristianos, unidad que la Iglesia está en­cargada de promover por la voluntad de Cristo. “

¡Esta vez sí que el Colegio Episcopal precede a la sede Apostólica!

Ya no se obedece al Papa

Este cambio alcanza también al carácter del Sacro Colegio Cardenalicio. Antes éste era el presbiterio del Obispo de Roma, ahora lo es sólo “simbólica­mente”y se le presenta simplemente como un Consejo de Obispos.

Los sínodos diocesanos o nacionales proponen a veces reformas en oposición con el pensamiento de la Santa Sede (ordenación de hombres casados, sacerdocio de la mujer, etc: de hecho, el Papa no es obedecido en numerosas ocasiones).

Si el cardenal Ratzinger desaprobó públicamente el catecismo Pierres Vivantes, luego tuvo que retractarse por haber sido condenado anteriormente con debilidad el catecismo holandés, y sin embargo Pierres Vivantes no es un catecismo católico.

En Canadá, el Obispo de Antigonish prohibió la comunión de rodillas y aún no ha sido sancionado.

Sacerdotes, ministros de los Gobiernos revolucionarios de Nicaragua se han negado a dejar sus cargos cuando el Papa los invitó a hacerlo.

Si el Papa no es obedecido, no es porque no pueda serlo, sino porque no quiere serlo y reduce su autoridad a votos piadosos de caridad y de comunión fraterna sin ejercer su autoridad para condenar el error. ¿No es esto un fruto evidente del catolicismo liberal?

Tanto Pablo VI como Juan Pablo II se han lamentado de las consecuen­cias de este liberalismo pero no emplean el remedio eficaz para combatirlo, que es sencillamente la Tradición de la Iglesia.

Pío XII escribía el 24 de diciembre de 1943:

“Cualquier tibieza y cualquier transacción indebida con el respeto humano en la profes1ón de la fe y de sus máximas, cualquier pusilanimidad y cualquier vacilación entre el bien y el mal… todo eso ha sido y es una contribución deplo­rable a la desgracia que hoy trastorna el mundo. “

Y el 28 de abril de 1947, lanzaba esta advertencia:

“Ay de esos padres y madres que por falta de energía y de prudencia, ceden a los caprichos de sus hijos e hijas y renuncian a la autoridad paterna y materna que está sobre la frente del hombre y de la mujer, como un espejo de la majestad divina”.

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