Conclusión de la IIIª parte

TERCERA PARTE

Juan Pablo II y el orden natural

Conclusión de la tercera parte

Es evidente que el Papa ya no enseña la doctrina social de la Iglesia, especialmente en lo que se refiere a la jurisdicción indirecta de la Iglesia sobre el poder temporal. Su actitud recuerda la de los liberales del siglo pasado, deseosos de emancipar a la Iglesia del Estado para que fuese “la levadura en la masa”.

Todos estos errores liberales y modernos fueron condenados solemnemente por Pío IX, el 8 de diciembre de 1864, al promulgar la encíclica Quanta Cura y el Syllabus.

León XIII recordará también la preeminencia de la Iglesia:

“Toda lo que atañe a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su naturaleza, sea en relación a su fin, todo es de la competencia de la autoridad de la Iglesia.(Encíclica “lnmortale Dei”, 1 de noviembre de 1885).

En fin, Pío XI en su encíclica Quas Primas, del 11 de diciembre de 1925, expone la realeza de Nuestro Señor Jesucristo:

“A su vez, los Estados aprenderán por la celebración anual de esta fiesta, que los Gobiernos y las altas Magistraturas del Estado tienen la obligación, tanto como los particulares, de rendir a Cristo un culto público y de obedecer a sus leyes… Cristo acusará a los que Le han expulsado de la vida pública y también a los que Le han ignorado o dejado de lado desdeñosamente, y tomará la más terrible venganza por semejantes ultrajes, pues su dignidad real exige que el Estado entero se ajuste a los mandamientos de Dios y a los principios cristianos en la ordenación de las leyes, en la administración de la justicia, en la formación intelectual y moral de la juventud, que debe respetar la sana doctrina y la pureza de costumbres.”

¿Cómo puede Juan Pablo II manifestar a los distintos gobiernos que “la Iglesia no pide privilegios y que actuará respetando plenamente la autonomía del orden político”, y establecer estas afirmaciones como principios?

Así es como Juan Pablo II pierde la eficacia frente a un Estado autónomo y soberano. Su influencia en este campo es nula y queda patente en los hechos.

Cuando visita América central en 1983, en Guatemala, en Honduras, en Nicaragua, no encuentra sino humillaciones y retroceso de la fe católica.

“La desunión interna de la Iglesia, su retroceso ante el ataque del proselitismo protestante, la ineficacia política y moral de la religión, en estos países de antigua tradición católica, han sido dolorosamente sacados a la luz en el curso del viaje apostólico del Papa.” (R. Amerio, “lota unum”. pág 601).

La revolución gana rápidamente terreno, si el Papa sostiene el alejamiento del Reino social de Jesucristo.

San Pío X condena el “Sillón” en su encíclica “Nuestro cargo apostólico”, 25 de agosto de 1910, y condena también, por adelantado, el programa político y social del Papa actual, impregnado del espíritu de la Revolución. Revolución definida por Mons. Gaume:

Soy la proclamación de los derechos del hombre sin preocupación de los derechos de Dios. Soy Dios destronado y el hombre en su lugar” (Citado por J. Osset, en “Pour qu’il règne”, pág.122).

La “Revolución” es el antiguo non serviam y la esencia de la masonería.

“La masonería es el liberalismo organizadoEl principio masónico humanitario no lleva solamente a la Revolución, sino que es la Revolución, y ha encontrado su expresión política en los “Derechos del Hombre”, de la Revolución francesa de 1789 (León de Poncins,·’La franc-maçonnerie d’apres ses documents secréts”, pág. 47).

Lo peor es que esta Revolución ha llegado a la Iglesia de Jesucristo y a la Sede de Pedro, puesto que el Papa mismo se presta a sus designios. Ya durante el Concilio, el masón Yves Marsaudon reconocía:

“Si existen todavía algunos islotes no muy alejados en pensamiento de la época de la Inquisición, serán ahogados forzosamente por la marea creciente del ecumenísmo y del liberalismo, una de cuyas consecuencias más tangibles será la caída de las barreras espirituales que dividen todavía al mundo. De todo corazón, deseamos el éxito de la Revolución de Juan XXIII”. (Yves Marsaudon: “L’oecuménisme vu par un franc-maçon de tradition” pág. 42).

A lo largo de esta obra hemos podido comprobar que la mala formación filosófica y teológica de Juan Pablo II le lleva, poco a poco a realizar el ideal de la masonería y el fin perseguido por la Revolución. Su pontificado se traduce en una destrucción del orden sobrenatural (el ecumenismo) y del orden natural (el liberalismo).

Resultan proféticas las palabras de Pío XII ya citadas:

Vamos a asistir a la invasión de todo lo que es espiritual, la filosofía, la ciencia, el derecho, la enseñanza, las artes, la prensa, la literatura, el teatro y la religión…

Vendrá un día en que el mundo civilizado renegará de su Dios, en el que la Iglesia dudará como Pedro dudó. Estará tentado de creer que el hombre se ha convertido en Dios, que su Hijo no es más que un símbolo, una filosofía como tantas otras, y en las iglesias, los cristianos buscarán en vano la lamparilla donde Dios los espera, y, como la pecadora, gritarán ante la tumba vacía: ¿Dónde le han puesto?…

Estoy obsesionado por las confidencias de la Virgen a Lucía, la niña de Fátima, la obstinación de Nuestra Señora ante el peligro que amenaza a la Iglesia, es una advertencia divina contra el suicidio que supondría la alteración de la fe en su liturgia, su teología y su alma...

Es evidente que el secreto confiado a los tres pastorcillos por Nuestra Señora de Fátima, el día 13 de julio de 1917, se cumple ante nuestros ojos. Rusia ha extendido sus errores en numerosos países y prosigue su acción destructora. Respecto a la tercera parte del secreto, que Roma se niega obstinadamente a divulgar desde hace casi treinta años, parece anunciar la gran apostasía profetizada por las Escrituras y los graves fallos de la alta jerarquía eclesiástica (Fray Michel de la Trinité: “Toute la verité sur Fatima”, tomo tercero, pág. 472 y siguientes).

En la tormenta revolucionaria que sacude al mundo, la Esposa de Jesucristo vive una verdadera Pasión. Los Pastores, con el Papa a la cabeza, abandonan el rebaño en manos de los mercenarios. La mayoría de los fieles se dispersan y pierden la fe.

S.E.R. Monseñor Lefebvre y S.E.R. Monseñor Antonio de Castro Mayer. Ante la autodemolición de la Iglesia, solamente dos obispos han seguido defendiendo y enseñando la integridad de la Fe católica.
S.E.R. Monseñor Lefebvre y S.E.R. Monseñor Antonio de Castro Mayer. Ante la autodemolición de la Iglesia, solamente dos obispos han seguido defendiendo y enseñando la integridad de la Fe católica.

Sin embargo, en estos tiempos de obscuridad y apostasía, ante la autodemolición de la Iglesia, Dios ha suscitado dos obispos para que tomen la defensa de la fe católica: S. Excia. Mons. Marcel Lefebvre, antiguo arzobispo de Dakar, antiguo Delegado Apostólico del África, miembro de la Comisión preparatoria central del Vaticano II, antiguo Superior General de los Padres del Espíritu Santo, Arzobispo-obispo emérito de Tulle, y su Excia. Mons. Antonio de CastroMayer, antiguo obispo de la diócesis de Campos en Brasil.

En 1970 Mons. Marcel Lefevbre funda la Hermandad Sacerdotal San Pío X, extendida hoy por el mundo entero para atender las necesidades espirituales de las almas; en 1973 se constituía la Comunidad de Hermanas de la Fraternidad San Pío X.

Otras comunidades de religiosos y religiosas se organizaban también, animadas por este ejemplo y alentadas por Mons. Lefevbre.

Aunque ambos obispos no cesan en sus súplicas al Papa para que vuelva a la tradición bimilenaria de la Iglesia, Juan Pablo II permanece sordo a sus ruegos.

Leamos y meditemos las líneas que Mons. Lefevbre ha escrito, como advertencia final de esta obra, para que comprendamos la dramática situación de la Iglesia.

Si la Revolución no hubiese alcanzado a la misma Sede de Pedro, el Papa actual hubiese exclamado con Pío VI:

A todos vosotros católicos… Os exhortamos, en la efusión de Nuestro Corazón, a que recordéis el culto y la fe de vuestros padres, a que seáis fieles puesto que la religión es el mayor de los bienes, porque esta religión, que nos proporciona una eterna felicidad en el Cielo, todavía es en la tierra el único medio de asegurar la salvación de los imperios y la felicidad de la sociedad civil. Guardaos de prestar oídos a los engañosos discursos de los filósofos del siglo que os conducirán a la muerte; alejad de vosotros a todos los usurpadores, bajo cualquier título que se presenten, arzobispos, obispos, párrocos; no tengáis nada en común con ellos, sobre todo en el ejercicio de la religión.” (Breve “Caritas”, del 13 de abril de 1791, condenando la Constitución civil del clero de 1790).

Derecha: S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre. Izquierda: S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre y el Padre Franz Schmidberger, superior general de la Hermandad San Pío X.
Derecha: S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre.
Izquierda: S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre y el Padre Franz Schmidberger, superior general de la
Hermandad San Pío X.

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