Conclusión de la IIª parte

SEGUNDA PARTE

Juan Pablo II y el orden sobrenatural

Conclusión de la segunda parte

En la cita de San Agustín que figura en la introducción de la primera parte de este estudio, el obispo de Hipona denuncia, tanto a los que ofenden al Padre porque van a los ídolos, como los que ofenden a la Madre, que es la Iglesia, porque son herejes y rechazan la doctrina de Cristo.

Como hemos visto el “Papa de la transformación” es el artífice de una nueva doctrina humanista en una nueva Iglesia salida del Vaticano II. Por ello, ha ofendido a la Madre. Pero al término de este recorrido ecuménico, hay que afirmar que el Papa ha ultrajado también al Padre.

Juan Pablo II besa el Coran
Juan Pablo II besa el Coran

San Cipriano, obispo de Cartago en el siglo III, escribía:

“Quienquiera que se separe de la Iglesia para unirse a una esposa adúlte­ra, abdica también de las promesas hechas a la Iglesia. Quienquiera que aban­done la Iglesia de Cristo, no alcanzará las recompensas de Cristo… Quienquiera que no guarde esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la Fe del Padre y del Hijo, no cuida su vida, ni atiende a su salvación.” (De cath. Eccl. Unít. N. 6. CV, 3, 1, 214; PL. 4, 503.)

¡Cuánto hubiéramos deseado que el Papa, por el honor de la Iglesia y la salvación de las almas, prosiguiese públicamente la enseñanza de estos obis­pos! En su lugar, nos ha dado el triste espectáculo del “panteón de Asís” y su participación en prácticas paganas y sacrílegas. Los apóstoles obedecieron el mandato de su amado Maestro “Id y enseñad a todas las naciones, bautizán­dolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado… ” (San Mateo, 28, 19-20).

Y San Pablo escribía a los romanos (10, 14-17):

“Mas, ¿cómo le han de invocar, si no creen en Él? O ¿cómo creerán en Él, si de Él nada han oído hablar? ¿Y cómo oirán hablar de Él sí no se les predica? ¿Y cómo habrá predicadores si nadie los envía? Según aquello que está escrito:… Así que la fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Dios.”

Ahora bien, predicar la palabra de Dios, es predicar a Jesucristo. Es el ideal misionero de todos los apóstoles del verdadero Dios.

San Ignacio, obispo de Antioquía, preguntaba:

¿… Por qué morir locamente, desconociendo el don que el Señor, en verdad, nos ha enviado? (Carta a los Efesios. XVII. 2)

Todos los que eran fieles discípulos de Jesucristo sabían que las falsas religiones no eran sino instrumentos del demonio para engañar a las almas y apartarlas de la salvación.

Cuando San Policarpo iba a ser quemado vivo hizo exclamar a los paga­nos:

“He aquí el doctor de Asta, el Padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses … (Sources Chrétiennes, nº 10, pág. 173).

Pío XI, en su encíclica Mortalium Animos recuerda estas mismas ense­ñanzas:

Se trata de defender la verdad revelada… si Nuestro Redentor ha de­clarado claramente que su Evangelio no está destinado solamente a los tiem­pos apostólicos, sino a todas las edades, ¿acaso el objeto de la fe ha podi­do, en el curso del tiempo, volverse tan obscuro o tan incierto que haga falta tolerar hoy hasta las opiniones contrarias? Si esto fuese verdad, ha­bría que decir que la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que la presencia perpetua de este mismo Espíritu en la Iglesia y que la misma predicación de Jesucristo, han perdido desde hace varios siglos su eficacia y toda su utilidad, afirmación que sería una blasfemia.”

La Iglesia no cambia y la doctrina de los Apóstoles no ha caído en desuso, pero el Pontífice Supremo y los hombres de la Iglesia, en lugar de predicar a Cristo crucificado, frente a los no católicos, silencian su fe, con la vana espe­ranza de edificar una paz sin la Cruz, un orden sin la Redención.

Si el Papa alaba a los Lubac, los Küng, los Rahner y los Maritain, es porque comparte sus errores naturalistas. Y el naturalismo es el olvido del pecado original; este es el gran error, querer ocultar esta muerte del alma. Por desgracia para la Iglesia y los fieles, los nuevos Pastores han decidido que las heridas del alma ya no existen y que ya no hay que hablar de errores ni de enemigos. Si ya no hay enfermos, entonces no hace falta médico y Jesucristo se hace potestativo.

Roma, 11 de diciembre de 1983, Juan Pablo II visitó la Iglesia Luterana. Esta es la primera vez en la historia que un Papa reza con una comunidad luterana.
Roma, 11 de diciembre de 1983, Juan Pablo II visitó la Iglesia Luterana. Esta es la primera vez en la historia que un Papa reza con una comunidad luterana.

Juan Pablo II mismo, afirma que basta con ser fiel a su conciencia para salvarse. Esto es falso. Sin Jesucristo, sin la Redención, sin la Cruz, seguiremos esclavos del pecado, incapaces de volver a encontrar el orden original y la amistad con Dios. El hombre moderno intenta borrar el orden sobrenatural con un espíritu de independencia ciega que, en el curso de la historia, ha tomado los nombres de humanismo, de liberalismo, o de modernismo.

Los mismos protestantes han denunciado el abandono, por parte de los católicos, del mensaje sobrenatural de la Revelación:

“Asistimos a una inversión radical de las preocupaciones de la Iglesia. La proclamación del Evangelio, la conversión de los incrédulos, la salvación de las almas han cedido el primer puesto a la preocupación de salvar el mundo te­rrestre del apocalipsis atómico. La Iglesia puede ayudar a los hombres en sus esfuerzos para limitar los efectos del mal en la sociedad, pero no puede ir más lejos; ni pretender realizar la salvación del mundo, sobre todo por medio de una especie de pacto establecido entre religiones que se contradicen en lo esen­cial. No tiene el derecho de sacrificar a esta meta inalcanzable su primera misión, que es la de anunciar al mundo el mensaje sobrenatural de la Reve­lación.” (Olivier Delacrétaz, diario ”La Nation”, 11 de octubre de 1986).

Las consecuencias del abandono del mensaje de la Revelación y de Cristo Redentor son cada vez más dolorosas. Leamos las respuestas de los católicos franceses aparecidas en el “Figaro Magazine” del 19 de diciembre de 1987.

Para conservar la fe hay que disociarse del error siguiendo el consejo de San Pablo:

“¿Qué hay de común entre la luz y las tinieblas?… ¿Qué parte tiene el fiel con el infiel? ¿Qué relación hay entre el templo de Dios y los ídolos?.” (11 Cor. 6, 14-16)

Debemos creer en el poder de Jesucristo, en su Cruz, en su Resurrección, debemos afirmar que

“sólo la Iglesia católica es la que conserva el verdadero culto. Es la fuente de verdad, la casa de la fe, el templo de Dios; si no se entra en Ella o si se sale de Ella, nos privamos de toda esperanza de vida y de salvac1ón.” (Lactancia ‘Divin. lnstit’. 4, 30, 11 -12, PL 6, 542).

En fin, debemos ser misioneros y librar el combate de la fe.

Refiriéndose a San Pedro y a San Pablo, el Papa San León el Grande exclamaba:

”Ahí están, ¡oh Roma! los dos héroes que han hecho que resplandeciese ante tus ojos el Evangelio de Cristo y gracias a ellos, tú, que eras maestra del error, te has convertido en discípula de la verdad… Ella (la Roma pagana) era esclava de todos los errores y, porque no rechazaba ninguno, creía poder atribuirse muchas religiones. ” (Lecciones del nocturno de los maitines del 29 de junio)

Pero hoy, Roma se adhiere otra vez al error y los temores de Pío IX tienden a realizarse:

“Esta querida Roma, teñida con la sangre de tantos márti­res… Esta querida Roma, en fin, centro sagrado de la verdad, querrían que se volviese otra vez el centro de todos los errores.” (Alocución del 27 de noviem­bre de 1871).

El Papa en su v1sita a la Iglesia luterana de Roma. 11 de diciembre de 1983.
El Papa en su v1sita a la Iglesia luterana de Roma. 11 de diciembre de 1983.

Hay que ser más misionero que nunca. La gracia de Cristo es tan podero­sa como en el pasado, pero a los obreros les falta fe y valor. No nos dejemos engañar:

“Hoy, en general, son los falsos dioses los que parecen jóvenes y la Iglesia la que parece vieja. Pero. ¡Manteneos firmes y no os dejéis engañar! Incluso si… ciertos errores pueden ejercer sobre la humanidad una larga y profunda in­fluencia, siguen sin embargo la ley de la historia que, después de la ascensión y el apogeo, lleva al declive y la caída.” (Pío XII, discurso del 9 de abril de 1953).

Juan Pablo II en el “Muro de los Lamentos”, coloca en una grieta una hoja de papel con un pedido de perdón por las culpas de la Iglesia en el pasado contra los judíos.
Juan Pablo II en el “Muro de los Lamentos”, coloca en una grieta una hoja de papel con un pedido de perdón por las culpas de la Iglesia en el pasado contra los judíos.

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26. La dinámica de Asís 〈〈〈〈

〉〉〉〉 28. PARTE TERCERA • Juan Pablo II y el orden natural

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