Juan Pablo II y el Judaísmo

SEGUNDA PARTE

Juan Pablo II y el orden sobrenatural

CAPÍTULO II

Juan Pablo II y los no cristianos

Ya durante el Concilio, Mons. Wojtyla explicaba al Padre Malinski que había cambiado la actitud de la Iglesia hacia las otras religiones y entre éstas, el judaísmo ocupaba un sitio especial. Su programa pontifical ratifica esta posición.

Juan Pablo II y el judaísmo

En efecto la actitud favorable de Karol Wojtyla hacia el judaísmo se confirma con sus actos pontificales posteriores.

Desde 1980 las tentativas de acercamiento, de “purificación de memorias colectivas” se acumulan en detrimento de la verdad y de la fe católica.

Durante su viaje a Francia en 1980, el gran rabino Kaplan, como descendiente de los grandes sacerdotes de Jerusalén, dio “la bendición sacerdotal en hebreo, al Papa, invocando la bendición divina sobre su acción mundial en favor de la paz”. (La Croix, 4 de junio de 1980).

También en 1980, durante su viaje a Alemania, hace el Papa una declaración ante la comunidad judía de Maguncia, al referirse al diálogo entre judíos y católicos:

“…Se trata sobre todo del diálogo entre las dos religiones -que con el Islam- han podido dar al mundo la fe en un Dios único e inefable que nos habla y al que deseamos servir en nombre del mundo entero.

La primera dimensión de este diálogo, a saber, el encuentro entre el pueblo de Dios del Antiguo Testamento, un encuentro que jamás ha sido proclamado, y el del Nuevo Testamento, es al mismo tiempo un diálogo interno en nuestra Iglesia, por así decirlo, entre la primera y la segunda parte de la Biblia… “ (Documentation Catholique, 21 de diciembre de 1980. pág. 1148).

Esta declaración papal nos consterna. Ciertamente, Nuestro Señor ha venido a dar cumplimiento y a completar la ley, pero la Antigua Alianza ha sido proclamada y revocada y ha cedido su lugar a una nueva Alianza, más perfecta y eterna, que el Hijo de Dios selló con su sangre sobre la Cruz.

San Ambrosio comenta: “El velo del templo se rasgó, para significar la división de los dos pueblos y la profanación de la sinagoga. El velo antiguo se rasga a fin de que la Iglesia extienda los nuevos velos de su fe.” (La Chalne d’or. Ed. Vivès 1855. tomo 6, pág 491).

Y San Hilario: “El velo del templo se rasga porque desde ese momento el pueblo se escinde en dos”. (Ibídem. Tomo 3, pág. 392).

Tal es la sentencia de los Padres de la Iglesia y de toda la Tradición. Si Juan Pablo II insinúa lo contrario, tiende a la “judaización” de la Iglesia católica. Todos los judíos que rechazaron al Hijo de Dios se separaron del Dios de Isaac, de Abraham, y de Jacob. Basta leer el Evangelio de San Juan, capítulo 1, 10-12.

Juan Pablo II recibe a los B’naï B’rith en el Vaticano. 22 de marzo de 1984.
Juan Pablo II recibe a los B’naï B’rith en el Vaticano. 22 de marzo de 1984.

A los justos del Antiguo Testamento, la gracia no se les concedía en virtud de la ley, sino por la fe en el Mesías que había de venir.

¿Cómo Juan Pablo II puede afirmar que los judíos y los cristianos están reconciliados en Abraham y que los mismos judíos son una bendición para el mundo? La respuesta está en su falsa concepción del ecumenismo, que aparta las verdades de fe que pueden chocar a los enemigos de la Cruz. Así, anima prácticamente a los judíos a permanecer en el error.

Después del encuentro del Papa, en febrero de 1981, con Elio Toaff, gran rabino de Roma, se va preparando la visita histórica que hará el Papa a la sinagoga de Roma cinco años más tarde, en 1986.

Hasta entonces las relaciones con el judaísmo se suceden.

En 1982, da un nuevo empuje al diálogo con los judíos:

“Si ha habido… mal entendidos, errores y hasta ofensas, ahora se trata de superarlos en la comprensión, la paz, y la estima recíproca” (Documentation Catholique, 4 de abril de 1982).

¿Cómo puede ser sólo un “mal entendido, error, ofensa” rechazar a Nuestro Señor como Mesías e Hijo de Dios?

El 25 de enero de 1983, se hace público un documento ecuménico titulado De la unidad cristiana. El capítulo consagrado al judaísmo propone orien­taciones a seguir en las relaciones entre judíos y cristianos. Entre ellas:

1. La condición esencial del diálogo es el reconocimiento por los católicos de la manera en que los judíos se definen a sí mismos en términos religiosos y étnicos.

2. …evitar expresiones que puedan parecer ofensivas al pueblo judío (se concede atención especial a la Semana Santa).

5. Habrá que familiarizar a los católicos con los ritos de la religión judía en la sinagoga y en casa. (La Croix, 1 de febrero de 1986).

El 24 de junio de 1984, la Comisión pontificia de relaciones con el judaísmo declara: “Sería necesario que nosotros (Judíos y cristianos) tomásemos nuestra responsabilidad para preparar el mundo a la venida del Mesías. (Pré­ sent, 29 de junio de 1984).

El 15 de febrero de 1985 el Papa recibe en el Vaticano a una delegación de la American Jewish Committee, y reafirma la condenación del antisemitismo por la Iglesia.

En este ambiente, el Jefe de la Iglesia anuncia su intención de visitar la sinagoga de Roma. “Por primera vez en la historia, un Papa irá a rezar a una sinagoga; Juan Pablo II y el gran rabino de Roma, Elio Toaff se han citado para un encuentro el próximo 13 de abril.” Este es el título del Quotidien de París, que añade a la noticia el recuerdo de las relaciones de Wojtyla con los judíos desde su infancia, en la escuela, más tarde bajo la ocupación nazi, en fin, en el Concilio Vaticano II donde fue partidario activo de la declaración ‘Nostra Aetate’ (Le Quotidien de París. 19 de marzo de 1986).

Juan Pablo II y el Gran Rabino Elio Toaff en la Sinagoga de Roma. 13 de abril de 1986.
Juan Pablo II y el Gran Rabino Elio Toaff en la Sinagoga de Roma. 13 de abril de 1986.

Pero las relaciones del Papa con los judíos, no solamente tienen un carácter humanitario, sino religioso, como lo prueba su discurso en la sinagoga de Roma, el 13 de abril de 1986.

Ya la presencia del Papa en un lugar de culto judío, es un escándalo en la historia de la Iglesia. El Papa comienza su alocución con palabras de agrade­cimiento a las que añade un sentimiento de pesar, cuando dice:

“… Sí, una vez más, por mediación mía, la Iglesia deplora los odios, las persecuciones y todas las manifestaciones de antisemitismo que, cualesquiera que sean su época y sus autores, han sido dirigidas contra los judíos; repito: cualesquiera que sean sus autores.” (Documentation Catholique, N.º 1917, del 4 de mayo de 1986, pág. 436).

La frase “cualesquiera que sean sus autores”, nos recuerda el juicio del papa sobre la Reforma, prosigue en esta ocasión con el mea culpa implícito, no sobre las causas de la ruptura, que no aborda, sino sobre la actitud de los católicos con respecto a los judíos, desde el Vaticano II. Citemos ahora, como contraste, la carta encíclica de Benedicto XIV, A quo primum, enviada al obispo y primado de Polonia en 1751, donde ensalza la fidelidad polaca a la fe.

“… La nación polaca se ha mantenido inalterable en su fidelidad a la Santa Religión adoptada por ella, y se ha alejado con aversión de toda clase de secta… en este Concilio (el de Petrikau) … se ha proscrito y excluido definitivamente… el principio de la libertad de conciencia.

… En estas Constituciones se mandó escnbir todas las prudentes y útiles promulgaciones de los obispos polacos para preservar la vida católica de sus rebaños, de la contaminación por la perfidia judía… “

Benedicto XIV, reconoce que los judíos son incrédulos, ponen en peligro la fe católica y pide que se rece por ellos. Las constituciones de varios papas, entre ellos San Pío V, van todas ellas en el mismo sentido.

Cuando se habla de las relaciones entre cristianos y judíos, no hay que olvidar jamás, que Jesucristo es Dios y la Iglesia católica, la única verdadera Iglesia. Por ello no puede alterar su doctrina. Además, pondría en peligro la fe de los fieles. En la sinagoga de Roma, el 13 de abril de 1986, el encuentro de Juan Pablo II y el gran Rabino, estaba preparado bajo el signo de la perfecta igualdad. El Papa, en su discurso recoge varios puntos de la declaración con­ciliar Nostra Aetate:

“Lo primero es que la Iglesia de Cristo descubra su vínculo con el judaísmo escrutando su propio misterio. La religión judía… es intrínseca a nuestra religión… sois nuestros hermanos preferidos y, en cierto modo se podría decir que nuestros hermanos mayores. El segundo punto… es que los judíos, como pueblo, no se les puede imputar ninguna falta ancestral o colectiva por lo que fue cumplido en la pasión de Jesús… ante todo, cada una de nuestras religiones quiere ser reconocida y respetada dentro de su propia identidad… los pro­blemas de Roma son tan numerosos, cada uno de nosotros sabe que está obligado a colaborar a su solución.” (Documentation Catholique, 4 de mayo de 1986, pág. 438).

En estas frases no se ve invitación alguna para que los judíos se conviertan a la verdadera fe. El Papa se ha comportado como si no creyese en la divinidad de Jesucristo: ha tendido la mano a los que la niegan.

La enseñanza del apóstol San Juan nos advierte:

“¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es Cristo? He aquí el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Cualquiera que niega al Hijo. no posee tampoco al Padre; quien confiesa al Hijo, posee también al Padre. (1, 2, 22-23).

··…Si alguien viene a vosotros sin ser portador de esta doctrina, no le recibáis y no le saludéis. Pues el que le saluda se asocia a sus malas obras (11. 7-11}”.

También es contrario al Evangelio afirmar que los judíos del Nuevo Testa­mento, que rechazan la divinidad de Cristo, tienen por padre a Abraham. Pues:

“Ellos (los judíos) le replicaron: ”Nuestro padre es Abraham”. “Si sois hijos de Abraham, les dijo Jesús, haced las obras de Abraham. En cambio, buscáis hacerme morir a Mí, que os he dicho la verdad que he oído de Dios. “. (Juan, 8. 39-42).

Esta enseñanza es la que han seguido los santos, pero el papa continúa su línea de diálogo con los judíos, aunque ni siquiera reciba a cambio algún signo de benevolencia. Basta recordar dos hechos.

Uno es el asunto del convento de Auschwitz. Desde 1982, los judíos franceses se oponían a la instalación de un Carmelo en Auschwitz donde, fueron exterminados numerosos judíos durante la última guerra mundial. A pesar de las protestas, las carmelitas se instalaron en 1984. Los judíos volvieron a tomar la ofensiva. El 22 de febrero de 1987, las comunidades judías y cristianas deciden que el Carmelo sera trasladado fuera del recinto del antiguo campo de concentración,

La jerarquía católica se inclinaba así, ante la intransigencia de sus interlocutores.

Otro hecho, sucede en España a comienzos de 1985. El presidente de las comunidades judías españolas, Samuel Toledano declaraba:

”Los 12.000 judíos de España van a concertar con el gobierno español un concordato que, teniendo fuerza legal, los pondrá en pie de igualdad con los católicos… respecto a su estatuto (el de los rabinos), será similar al de lo sacerdotes católicos… “ (La Croix, 24 de enero de 1985).

Los frutos del ecumenismo del Papa se manifiestan por la expansión del judaísmo. Frente a los no cristianos, Juan Pablo II calla la divinidad de Cristo. Veamos, como también el Islam se aprovecha del retroceso de la Cruz para hacer avanzar poco a poco la sombra de la media luna en el mundo.

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