Juan Pablo II y los ortodoxos

SEGUNDA PARTE

Juan Pablo II y el orden sobrenatural

CAPÍTULO I

Juan Pablo II y los cristianos

Juan Pablo II y los ortodoxos

La misma actitud del Papa con los protestantes, de querer construir la unidad de la Iglesia, como si ésta no existiese ya, la volvemos a encontrar en sus relaciones con los ortodoxos.

Veamos las etapas de este diálogo ecuménico.

1964: El 6 de enero, Pablo VI tiene un encuentro en Jerusalén con Atená­goras, Patriarca ecuménico de Constantinopla.

1965: Son levantados los anatemas entre Roma y Constantinopla.

1967: Nueva visita de Pablo VI a Atenágoras, quien en el mismo año viene a Roma.

1979: Juan Pablo II tiene un encuentro en Estambul con el Patriarca Dimitrios I.

1980: Apertura, en Patmos, del diálogo entre la Iglesia ortodoxa y la Iglesia católica, que se prosigue con otras dos reuniones plenarias en Munich (1982) y en Creta (1984).

1981: El Papa, por el atentado de que ha sido víctima el 13 de mayo, invita al metropolitano Damaskinos a que predique en su lugar en la Basílica de San Pedro.

1985: en la festividad del apóstol San Andrés, fiesta también del patriar­cado ecuménico de Constantinopla, una delegación del Papa va a Estambul para entregar al Patriarca Dimitrios I este mensaje del Papa:

“.. nos alegramos de tener entre nosotros, como observador en el Sínodo extraordinario de los obispos, al arzobispo Stylianos de Australia, copresidente de la comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa”

y añade:

“Existe en la búsqueda de la unidad cristiana una fuente de enriquecimiento recíproco para la unidad de la fe, en la variedad de sus expresiones litúrgicas, disciplinarias y teológicas. “ (Documentation Catholi­que, 19 de enero de 1986, pág. 87).

No es esto lo que Pío XII afirmaba en su instrucción del 20 de diciembre de 1949, sobre el “Movimiento ecuménico”:

“… fuera de la verdad jamás podrá haber una unidad verdadera”.

En su mensaje a Dimitrios I el Papa hace referencia a “vivir más profunda­mente la común fe apostólica”.

Juan Pablo II y Dimitrios I en la loggia de San Pedro de Roma, diciembre de 1987
Juan Pablo II y Dimitrios I en la loggia de San Pedro de Roma, diciembre de 1987

Esta expresión “común fe apostólica,” recuerda la “fe fundamental” que Juan Pablo II atribuye, como fondo común, a los protestantes y deja pensar que la unidad puede ser el fruto del estudio profundo de una fe mutilada. Ahora bien.. el catecismo del Concilio de Trento enseña que la fe es: “una virtud por la cual damos un asentimiento pleno y total a las verdades reveladas por Dios”.

La fe de la que habla el Papa, vaciada de lo que molesta a los no católicos, no es la fe necesaria para la salvación. Las Iglesias cismáticas orientales se separan de la Iglesia católica en tres puntos: la doctrina respecto al Jefe de la Iglesia, la doctrina de la infalibilidad de la Iglesia, la doctrina sobre las notas de la Iglesia. Por lo tanto, no posee el principio de la unidad de fe. “La búsqueda de la unidad cristiana” no puede ser otra cosa, sino la conversión de los cismáticos a la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Pero el Papa parece tener una falsa concepción eclesial cuando dice, en una carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa:

“… El deber de reconstruir la unidad se impone con especial urgencia… Pues, precisamente, por el hecho de ser complementarias, las dos tradiciones (oriental y occidental) son, en cierta medida imperfectas si se las considera aisladamente.” (Documentation Catholique, N.o 7 912, 16 de febrero de1986, pág.183).

El diálogo ecuménico marcha hacia una confusión doctrinal, casi hacia un abandono de la doctrina católica.

El apogeo de este falso ecumenismo se alcanzó en la visita que Dimitrios I realizó a Roma en diciembre de 1987. Homilías del Patriarca y del Papa en la basílica de San Pedro, recitación en griego del Credo Nicenocostantinopoli­tano. El Papa declara en su homilía del día anterior, en la basílica de Santa María la Mayor:

“… A la Iglesia católica y a la Iglesia ortodoxa se les ha concedido la gracia de reconocerse de nuevo como Iglesias hermanas y de caminar juntas hacia la plena comunión. “ (Documentation Catholique, 17 de enero de 1988, pág. 85).

En la declaración del 7 de diciembre de 1988 firmada por el Patriarca y el Papa, que resume el espíritu de esta visita, se expresa así:

“… Cada una de nuestras Iglesias, habiendo recibido y celebrado los mismos sacramentos perciben mejor, que cuando la unidad de la fe está asegura­da, una cierta diversidad de expresiones, a veces complementarias, y de usos particulares… que enriquece la vida de la Iglesia y el conocimiento siempre imperfecto del misterio revelado… En este espíritu rechazamos toda forma de proselitismo…” (D. C. 17-1-1988, pág.90)

Esta declaración significa la muerte del espíritu misionero de la conversión de las almas, para llevarlas a la única y verdadera Iglesia de Cristo.

Lo mejor que podemos hacer para concluir, es volver a citar la instrucción de Pío XII sobre el “Movimiento ecuménico” cuando aconseja a los obispos:

” …Se apartarán también de esa manera peligrosa de expresarse… diciendo por ejemplo… que en las materias dogmáticas, incluso la Iglesia católica no posee la plenitud de Cristo, sino que puede ser perfeccionada por las otras Iglesias…

La doctrina Católica, debe, por consiguiente, ser propuesta y expuesta total e íntegramente, no hay que silenciar u ocultar por términos ambiguos lo que la verdad católica enseña… sobre la constitución de la Iglesia, sobre la primacía de jurisdicción del Pontífice Romano… se evitará… hablar… de tal manera que, al volver a la Iglesia, se imaginen que aportan a ésta un elemento esencial que le habría faltado hasta ahora.”

El Papa actual se aleja de la Tradición, ya no enseña la integridad de la doctrina católica. Sus discursos reflejan tanto menos las verdades de la fe católica, cuanto más alejado está su auditorio de la verdad revelada. La Iglesia católica está así amenazada de perder su identidad.

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