Juan Pablo II y los protestantes

SEGUNDA PARTE

Juan Pablo II y el orden sobrenatural

“Volvamos a las dos proposiciones mencionadas más arriba: y en primer lugar a la de la negación incondicionada de todo lo que es religiosamente falso y moralmente malo: sobre este punto jamás ha habido ni hay para la Iglesia, ninguna duda, ningún compromiso, ni en teoría, ni en la práctica. Su actitud no ha cambiado durante el curso de la historia, y no puede cambiar por muy diversas que sean las circunstancias que la pongan ante la alternativa: el in­cienso a los ídolos o la sangre por Cristo. El lugar en donde os encontráis actualmente, la Roma eterna, por los restos de su pasada grandeza y por los recuerdos gloriosos de sus mártires es el más elocuente testigo de la respuesta de la Iglesia. No fue quemado incienso ante los ídolos, y la sangre cristiana bañó el suelo que desde entonces fue sagrado. Pero los templos de los dioses en sus majestuosos restos, no son más que ruinas sin vida, mientras que junto a las tumbas de los mártires, fieles de todos los pueblos y todas las lenguas repiten con fervor el antiguo Credo de los Apóstoles.”

Pío XII, Discurso del 6 de diciembre de 1953 a un grupo de Juristas católicos italianos

CAPÍTULO I

Juan Pablo II y los cristianos

Los sucesores de Pedro de antes del Concilio no aceptaron más ecume­nismo que el que logra la unión de los cristianos por la vuelta de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, la Iglesia católica.

El movimiento ecuménico que el Papa favorece procede de un espíritu diferente. El arzobispo de Cracovia ya afirmaba que había que trabajar para reconstruir la “unidad perdida” a causa de los diferentes cismas que dividieron a la Iglesia. Pero este esfuerzo se expresa en fórmulas como: “el restablecimiento de la unidad” o “la búsqueda de la unidad”. El nuevo ecumenismo ya no preconiza la vuelta a la Iglesia católica.

Juan Pablo II y los protestantes

Capilla del Consejo Ecuménico de las lglesias. De izquierda a derecha vemos al metropolita Emilianos, a la representante de la Iglesia reformada suiza Sra. Bührig, al Papa, al pastor Potter, secretario general del Consejo, el obispo Held de la iglesia luterana alemana y a la Sra. Talbot, metodista de los Estados Unidos
Capilla del Consejo Ecuménico de las lglesias. De izquierda a derecha vemos al metropolita Emilianos, a la representante de la Iglesia reformada suiza Sra. Bührig, al Papa, al pastor Potter, secretario general del Consejo, el obispo Held de la iglesia luterana alemana y a la Sra. Talbot, metodista de los Estados Unidos

Durante el Concilio, Mons. Wojtyla declaraba al Padre Malinski:

“En todo el mundo católico se levantan pidiendo una nueva lectura del Evangelio. Un nuevo clima… ha nacido en las relaciones entre las diversas iglesias cristianas”.

Vamos a intentar describir este “nuevo clima” y esta nueva lectura del Evangelio. Para ello es indispensable conocer el pensamiento del Papa respecto a Lutero y el Centro de Taizé.

Juan Pablo II y Lutero

La Iglesia conciliar considera a Lutero como una especie de santo cuya imagen figura en los libros de catequesis junto a las de Catalina de Siena y San Ignacio de Loyola.

El orgullo de Lutero le lleva a querer reformar la Iglesia y su doctrina. Por su nueva concepción de la justificación, todo lo que el hombre hace es pecado, puesto que posee una naturaleza que es y permanece caída y no puede cooperar a su justificación. Su fe y su confianza en Dios son la única vía para conseguirlo. Estos falsos principios se aplicaron a la gracia, a la Iglesia y a los sacramentos…

León X condenó cuarenta y una de sus proposiciones y pronunció finalmente su excomunión por la bula Exsurge Domine en 1521.

Lutero también atacó a la misa desde el comienzo de su rebelión:

“Cuando hayamos destruido la misa habremos derrocado el Papado. Pues en la misa, como sobre una roca, es donde se apoya totalmente el Papado, con sus monasterios, sus obispados, sus Colegios, sus altares, sus ministerios, su doctrina…Todo esto se derrumbará, cuando se derrumbe su misa sacrílega y abominable.” (D. Raffard de Brienne, “Lecture et Tradition”. N.0 101 de mayo- junio de 1983, pág. 4)

El sacerdocio es compartido por todos los fieles. El sacerdote no se distingue de aquéllos por el sacerdocio, sino solamente por la función de presidente. De ahí la inutilidad del celibato y del hábito religioso. La misa es la liturgia de la palabra, una comunión y un compartir; por esto se recurre a la lengua vernácula y el altar está de cara al pueblo. Estos graves fallos doctrinales repercutieron profundamente en la vida del heresiarca. La embriaguez, la avaricia, el ocio, la cólera y la lujuria impregnan su vida de inmoralidad, según su propio testimonio.

El oratoriano Th. Bozio, en su obra De Signis Ecclesiae de 1592, escribe que se enteró por un criado de Lutero de que éste había sido encontrado colgado de las columnas de su cama después de una borrachera. Y Sedulius, un franciscano, en una obra publicada en Amberes en 1606, tiene en cuenta la declaración de este criado.

La vida de Lutero no da la imagen de un hombre de Dios. sino la de un monje libertino y hereje.

Sin embargo, el Padre Congar uno de los expertos del Concilio declara que

“Lutero es uno de los más grandes genios religiosos de toda la historia. A este respecto le pongo en el mismo plano que San Agustín, Santo Tomás de Aquino, o Pascal, en cierto modo mayor que ellos.” (Le Monde 29 de marzo de 1975).

También es asombrosa la declaración del Papa en Francfurt, en el curso de uno de sus viajes a Alemania:

“Hoy vengo a vosotros, hacia la herencia espiritual de Martín Lutero, vengo como un peregrino” (Documentation Catho­lique, 21 de diciembre de 1980, pág. 1146).

Y no se trata de una frase pasajera, pues refuerza esta opinión con ocasión del quingentésimo aniversario del nacimiento del reformador en un impor­ tante mensaje al cardenal Willebrands donde reconoce que sobre la base de las más recientes investigaciones históricas,

“se ha revelado de manera convincente el profundo espíritu religioso de Lutero, animado de una pasión ardiente por la cuestión de la salvación eterna. “

Después prosigue:

“Se trata de adquirir, por medio de una investigación sin prejuicio, únicamente guiada por la búsqueda de la verdad, una imagen exacta del reformador, así como de la época entera de la Reforma… de cualquier lado que se encuentre, la falta debe ser reconocida allí donde exista; allí donde la polémica ha deformado la visión, debe ser rectificada una vez más, con independencia del lado en que se haya producido.” (Documentation Cat­holique. nº 1863, 4 de diciembre de 1983, pág. 1071).

¿Quiere decir que la Iglesia católica sería responsable de la ruptura? Aunque el Papa dice después, que es necesario considerar cuestiones de fe, ya no se condena al reformador por sus errores doctrinales.

Además, en el curso de las ceremonias celebradas en este aniversario, el 11 de diciembre de 1983, el Papa fue a un templo protestante. La ceremonia comenzó por la lectura de una oración que Lutero compuso al final de su vida.

Como contraste de estas rehabilitaciones, Pío XII, en la Instrucción De Motione Oecumenica del 20 de diciembre de 1949, había puesto en guardia al clero católico contra tales errores:

“Impedirán cuidadosamente y con verdadera insistencia que al exponer la historia de la Reforma y de los Reformadores, no se exageren tanto los defectos de los católicos y no se disimulen tanto los defectos de los Reformadores… que ya no se vea ni se note lo que es esencial, la defección de la fe católica.”

Juan Pablo II y Taizé

Taizé es a la vez un pueblecito borgoñón y una comunidad monástica protestante que se instaló allí desde 1940 y que, a partir de los años sesenta, goza de un crédito extraordinario entre los católicos. Con la idea de que se puede ser plenamente católico y plenamente protestante, su prior, Roger Schutz, ha inaugurado una nueva forma de ecumenismo. Sin embargo, Taizé enseña una doctrina protestante y una noción errónea de la unidad de la Iglesia. En efecto, el hermano Max Thurian escribe:

“La unidad de las Iglesias exige hoy que renunciemos a todos nuestros particularismos divisores, para no importamos más que la fe fundamental que nos salva y nos reúne. “ (La Croix, 26 de enero de 1984).

La expresión “fe fundamental” ha sido condenada por Pío XI en la encícli­ca Mortalium Animos:

“En lo que concierne a los dogmas de fe, no está permitido de ninguna manera, usar la distinción que les agrada (a los pancristianos) de introducir entre las verdades de fe “las fundamentales” y las “no fundamentales”… pues la virtud sobrenatural de la fe tiene por objeto la autoridad de Dios revelador, que no admite ninguna distinción de este género.”

Precisamente, lo que constituye el carácter propio del catolicismo con sus “particularismos” (infalibilidad del Papa bajo ciertas condiciones, dogma de la Asunción, etc.). Renunciar a esto es renunciar a ser católico.

En 1950, el hermano Roger intervino cerca de Pío XII para que no proclamase el dogma de la Asunción. No lo consiguió y, aunque perdió sus espe­ranzas, éstas surgieron de nuevo con el advenimiento de Juan XXIII y se reanimaron más aún, con la elección de Juan Pablo II, quien, como arzobispo de Cracovia había estado ya allí dos veces, ¿volvería a Taizé al ser Papa? Así lo hizo, y con ocasión de su estancia en Francia, del 4 al 7 de octubre de 1986,

“Me sentí empujado, dice, por una necesidad interior que me obligaba a venir aquí”. (Le Monde, 7 de octubre de 1986).

Las dos alocuciones que el Papa pronunció entonces, fueron muy del agrado de la comunidad:

“Se pasa por Taizé como se pasa junto a un manantial… Los hermanos de la comunidad… quieren… permitiros beber el agua viva prometida por Cris­to, conocer su alegría, discernir su presencia… Bendito sea Cristo que aquí, en Taizé… ha hecho brotar agua para los viajeros sedientos de El que somos nosotros…

Que una familia, un pequeño grupo, una comunidad más numerosa o una parroquia se reúnen en nombre de Jesús, para acogerse y servirse mutuamente como hermanos, para rogar a Dios juntos, meditar su Palabra y, si están en plena comunión con la Iglesia, participar en la Eucaristía celebrada por un sacerdote, he aquí como se consigue que la obra de reconciliación y de unificación del Salvador progrese en el mundo. “ (Documentation Catholique, 1927, 2 de noviembre de 1986, pág. 947).

Pero, nos preguntamos, ¿qué presencia de Cristo?, ¿qué comunión?, ¿qué Iglesia?, ¿qué Eucaristía?, ¿qué sacerdotes? No se hace referencia a la unidad en la verdadera fe. Al contrario, en su segunda alocución declara:

“Ayudaréis a todos los que encontréis, a ser fieles a su pertenencia eclesial que es el fruto de su educación y de la elección de su conciencia”.

¿No es esto animar a ese falso ecumenismo condenado por Pío XI en Mortalium Ani­mos? Una actitud semejante por parte de Juan Pablo II, procede de una falsa noción de la unidad de la Iglesia.

El hermano Roger da la bienvenida a Juan Pablo II en Taizé, octubre de 1986
El hermano Roger da la bienvenida a Juan Pablo II en Taizé, octubre de 1986

Juan Pablo II y la unidad perdida

Desde su primer viaje a Irlanda en 1979, el Papa se dirige a los represen­tantes de las “Iglesias no católicas”, en estos términos:

“Sólo en una perfecta unidad los cristianos pueden dar testimonio de la verdad…” (La Croix 2 de octubre de 1979 y Documentation Catholique, del 21 de octubre de 1979, pág. 858).

Pero, ¿de qué unidad se trata?, ¿de la unidad de fe entendida en sentido católico? Nos permitimos dudarlo, pues continúa:

“Aquí en Irlanda, donde la reconciliación entre los cristianos reviste una particular urgencia, pero donde encuentra también recursos especiales en la tradición de fe y de fidelidad que marcan las dos comunidades, la católica y la protestante, yo renuevo hoy este compromiso.”

¿”Tradición de fe y de fidelidad” de la comunidad protestante? ¿qué fe? ¿Fidelidad, a quien? El Papa no lo precisa y aparece la misma ambigüedad en el mensaje dirigido al cardenal Willebrands con ocasión del quingentésimo aniversario de Lutero y cuando se dirige a los católicos de Osnabrück el 16 de septiembre de 1980:

“Animad amablemente a vuestros hermanos evangélicos (los luteranos) a testimoniar su fe, a profundizar en Cristo su forma de vida religiosa” (Documentation Catholique del 2 de diciembre de 1980, pág. 910).

Y durante su viaje a Bélgica en mayo de 1985, al dirigirse a los anglicanos allí presentes declara:

“…todas las confesiones cristianas, deben recoger juntas el desafío de la transmisión de la fe a las jóvenes generaciones y al mundo nuevo transformado por las conquistas tecnológicas.” (La Croix, 21 de mayo de 1985).

Según estas declaraciones parece que la unidad preexistente, que se debe encontrar no abandonando el error, sino profundizándolo por una “comprensión más honda del mensaje evangélico”, por el diálogo, por el acuerdo sobre algunas verdades particulares. Pero jamás se pide a los separados que vuelvan a la verdadera fe, a la Iglesia Una, Católica y Apostólica.

Numerosos discursos del Papa confirman esta actitud.

En la catedral de Westminster declara:

“Vengo al servicio de la unidad en el amor: en el amor humilde y realista del pecador arrepentido… Durante cuatro siglos. Roma y vuestro país se han alejado entre sí. Hoy el obispo de Roma viene a vosotros” (La Croix, 29- 30 de mayo de 1982 y Documentation Cat­holique del 20 de junio de 1982, pág. 583).

Y en la catedral anglicana de Canterbury decía:

“…Yo también, estoy dispuesto a lamentar esta larga separación entre los cristianos… a dar gracias (al Señor) por la inspiración del Espíritu Santo que nos llena de un deseo ardiente de superar nuestras divisiones y aspirar a un testimonio común de Nuestro Seiñor y Salvador”. (La Cro1x, 37 de mayo de 1982).

En 1984, incita a los croatas

“a un dialogo sincero y abierto con los protestantes, los ortodoxos, los musulmanes y los no creyentes que viven en este Estado pluriconfesional que es Yugoeslavia” (La Croix. 13 de septiembre de 1984).

Luego, no solamente el Papa no predica la vuelta a la Iglesia católica, única arca de salvación, sino que afirma frecuentemente que la división de los cristianos es un obstáculo para la predicación del Evangelio y que la Iglesia católica es en parte responsable.

Pide un mejor conocimiento del ecumenismo y que sean eliminadas

“las divisiones que encuentran todavía una expresión en una mala voluntad evidente y en el proselitismo.” (La Croix, 24 de febrero de 7981).

En junio de 1984, durante la visita del Papa al Consejo Ecuménico de las Iglesias (C O E), el cardenal Willebrands leyó una declaración común de la Iglesia católica y el C O E:

“Nos arrepent1mos de nuestras divisiones y de nuestra desobediencia. Desacuerdos sobre importantes puntos de doctrina, sobre cuestiones sociales y sobre la práctica de la pastoral, continúan sepa­rando a los cristianos y son un obstáculo a la mas santa de las causas: la predicación del Evangelio a toda criatura” (Documentation Catholique del 15 de julio de 1984, pág. 708).

Todas estas citas muestran claramente que en los discursos del Papa, no se trata de conversión a la verdadera fe. La filosofía del Papa no admite que la verdad es la adhesión de nuestra inteligencia al dogma inmutable revelado por Dios, sino un valor que se vive según las culturas, las épocas y los países. Para vivir estos valores armoniosamente, para reunificarse, hay que pasar por el diálogo…Tal parece ser la solución preconizada, incluso aunque admita que existen realmente divergencias doctrinales.

La actitud ecuménica del Papa no está enraizada en la fe, consiste más bien en una disposición de orden psicológico. Lo “natural” desplaza progresivamente a lo “sobrenatural”. No se expresaban así San Cípriano y otros Padres de los primeros siglos, cuando dicen que la Iglesia es Una, porque Cristo es Uno.

“… la Iglesia no puede estar escindida: un cuerpo que permanece en la unidad no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo”. (San Ci­priano, De Cath. Eccl. Unit. Nº 23 CV 3, 1, 231; PL. 4, 517).

“La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza… Decimos que la antigua y católica Iglesia es Una. Tiene la unidad de naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia.” (San Clemente de Alejandría, Stro­mates, lib. VI, cap. 17 CB 3, 76 PG 9, 551)

San Agustín aclara con un ejemplo, esta unidad de la Iglesia:

“A veces se corta un miembro del cuerpo humano, o más bien se le separa del cuerpo: una mano, un dedo, un pie. ¿Sigue acaso el alma al miembro cortado? Cuando estaba en el cuerpo vivía; cortado, pierde la vida. Así el hombre, mientras vive en el cuerpo de la Iglesia, es cristiano católico; separado, se ha vuelto hereje. El alma no sigue el miembro amputado”. (Sermo CCLXV/1, N.0 4, PL 38, 1231)

En la encíclica Mortalium Animos, Pío XI refutaba firmemente el sofisma de la “unidad pérdida”.

“Los artífices de esta empresa no cesan de citar hasta el infinito las palabras de Cristo: Que todos sean uno… ya no habrá más que un solo rebaño y un solo pastor (Juan, XVII, 21; X, 16) y presentan este texto como un deseo y un afán de Cristo Jesús que aún no se habrían cumplido… afirman que todas las Iglesias gozan de los mismos derechos, que la Iglesia sólo fue Una y única, como mucho, desde la época apostólica a los primeros Concilios ecuméni­cos… Está claro que la Sede apostólica no puede a ningún precio tomar parte en sus congresos, y que a ningún precio se permite a los católicos adherirse a semejantes empresas o contribuir a ellas: si lo hiciesen, concederían autori­dad a una falsa religión cristiana totalmente extraña a la única Iglesia de Cristo.”

La búsqueda de la “unidad perdida”, no es sino una quimera. Arruina enteramente el celo misionero y explica el ecumenismo humanitario y humanis­ta de Juan Pablo II. Sí la Iglesia ya no es Una, ni es Santa, ni Católica, ni Apostólica, se diluye en las otras religiones. Este es el drama doloroso que estamos viviendo.

El protestantismo invade la Iglesia Católica

En 1980, tiene lugar el primer viaje del Papa a Alemania, recibe a los responsables de las Iglesias reformadas que califican de “histórica” esta entre­vista, porque el Papa renuncia al asiento sobrealzado que le correspondía como obispo de Roma.

En 1981, en mayo, autoriza a un religioso anglicano, el Padre Wilfred Weston, a participar en una reunión a puerta cerrada de la Congregación para las causas de canonización.

En 1982, el 29 de mayo, el Papa participa en la “celebración de la palabra” en la catedral anglicana de Canterbury. Fue una ocasión ecuménica inolvidable, un hecho jamás visto en la historia de la Iglesia.

“Ver a los prelados -el anglicano y el romano- de rodillas, uno al lado del otro ante el altar, recitando juntos el Credo y dando la bendición en común, era algo impensable hace poco tiempo” (Le Monde, 1 de junio de 1982).

El obispo anglicano Dr. Kemp, resume el impacto de esta visita:

“Lo im­portante para nosotros es que el Papa haya venido a Canterbury, todo lo demás es secundario. “ (Ibídem)

También en 1982 el Papa reanuda sus conversaciones diplomáticas con tres países separados de la Santa Sede desde la Reforma; Dinamarca, Norue­ga y Suecia.

En 1983, en julio, aprueba un matrimonio mixto (el del príncipe Michael de Kent y la baronesa María Cristina von Reibnitz) que tiene la intención de educar a sus hijos en la religión anglicana.

En 1983, el 11 de diciembre, por primera vez en la historia de la Iglesia romana, un Papa fue a rezar a un templo luterano en Roma. El Pastor Chris­tophe Meyer lee una oración para la unidad, compuesta por Lutero y elegida por el mismo Juan Pablo II; luego, el Pastor Meyer comenta la epístola y Juan Pablo II el Evangelio:

“He venido aquí dice, porque el Espíritu del Señor nos empuja en estos días, a través del diálogo ecuménico, a buscar la plena uní­dad de los cristianos. “ (La Croix, 13 de diciembre de 1983).

En 1982, el 12 de junio, va al Centro Ecuménico de las Iglesias en Ginebra y, para el Secretario General: “El acontecimiento era, que el Papa viniese aquí” (Le Monde 14 de junio de 1984, pág. 12).

En 1985, el cardenal primado de Alemania Hoffner y los jefes protestan­tes, en una declaración conjunta, ponen las dos religiones en pie de igualdad y ese mismo año, en Sherbrook (Ouebec, Canadá) tienen lugar ordenaciones protestantes de hombres y mujeres, en la catedral católica.

En 1986 las exequias de Gaston Deferre, protestante y socialista, se celebran en la catedral católica de Marsella, con oficio religioso protestante de carácter ecuménico.

El Papa mantuvo silencio ante estos hechos.

Vamos a ver ahora la invasión protestante en el culto católico, a través de los actos de Juan Pablo II.

El célebre adagio “lex orandi, lex credendi” significa que la ley de la oración determina y expresa la ley de la creencia. Modificando la liturgia de la misa, Lutero y Cranmer volvieron protestantes a gentes que se tenían todavía por católicas.

La misa, desde los años sesenta, evoluciona y se confunde con la cena protestante. ¿Por qué? Porque el protestantismo es más fácil, más cómodo, está más cerca de las ideas democráticas salidas de la Reforma y de las logias masónicas. Lo mismo el hermano Max Thurian de Taizé, que el luterano M. Siegwalt, profesor de dogmática en Estraburgo reconocen que los no católi­cos “podrán celebrar la Santa Cena con las mismas oraciones que la Iglesia católica. Teológicamente, esto es posible.” (La Croix, 30 de mayo de 1989).

El carácter de sacrificio propiciatorio desaparece, el ofertorio actual es la ofrenda irrisoria del pan y del vino; en el antiguo ofertorio se ofrece ya la hostia in­maculada, el cáliz de salvación, teniendo en perspectiva la próxima consagración.

Vamos a evocar sencillamente algunos signos elocuentes de la “protes­tantización” de la liturgia, a través de los actos de Juan Pablo II, porque la comunión en la mano, la concelebración y el papel de los laicos minan al mismo tiempo la Presencia real y el Ministerio del sacerdote.

En 1980 en Maguncia, y en 1986, en Francia, el Papa Juan Pablo II dio la comunión en la mano.

Juan Pablo II distribuyendo la comunión en la mano
Juan Pablo II distribuyendo la comunión en la mano

En 1980, el Jueves Santo, concelebró con veintidós cardenales, setenta obispos y más de mil sacerdotes.

En 1982, durante su viaje a Fatima, una mujer lee el libro del Apocalipsis durante la misa.

En 1983, el 30 de abril, en Roma, concelebra con cinco mil quinientos sacerdotes.

En 1984, en septiembre, declara en Montreal:

“El Señor cuenta con las mu­jeres para que las relaciones humanas estén impregnadas del amor, tal como Dios lo quiere… Este sigue siendo el servici0 del que no pueden prescindir la humanidad y la Iglesia”.

Y como en la misa de Quebec, muchas mujeres laicas, revestidas de alba blanca, distribuyeron la comunion.” (La Croix. 13 de septiembre de 1984).

Como conclusión de lo que antecede, hay que hacer constar que el Papa no predica la conversión a la verdadera fe. No expone a los protestantes los peligros de condenacion, ni las grac1as de las que se ven privados y, al eliminar el “escándalo de la fe”, reduce su función a la predicación de un humanismo difícilmente sobrenatural. No obstante, debemos afirmar con San Agustín, que, “solo la Iglesia católica es el Cuerpo de Cristo” (Ep. 185. 50)

Y para terminar, he aquí el juicio de un observador luterano en el Concilio, Óscar Cullmann, antiguo profesor en la Sorbona y en la Facultad Libre de Teología Protestante en París:

“…desde entonces (desde el Concilio) algunos medios católicos… tornan las normas mismas del pensamiento y la acción cristianas, no del Evangelio mismo, sino del mundo moderno. Mas o menos inconscientemente siguen a los protestantes… en el mal ejemplo que les ofrece un protestantismo llamado moderno. El gran culpable no es el mundo secularizado precisamente, sino el falso comportamiento de los cristianos respecto a ese mundo, la eliminación del “escándalo” de la fe. Se tiene vergüenza del Evangelio.” (Citado en ‘Gethséma­ni” del cardenal Siri).

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17. Conclusión de la Iª parte 〈〈〈〈

〉〉〉〉 19. Juan Pablo II y los ortodoxos

ÍNDICE

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