Introducción

No te alarmes, pío lector, ni empieces por ponerle ya desde el principio mala cara a este librejo. Ni sueltes con espanto el papel, que por muy abrasadas y candentes que estén hasta el rojo blanco las cuestiones que en él ventilemos tú y yo en familiar y amistosa conferencia, no te quemarás los dedos con ellas, pues el fuego de que ahí se trata es metáfora y nada más.

Ya sé, y en son de disculpa me lo vas a decir, que no eres tú solo el que siente invencible repulsión y horror por tales materias. Harto me consta que ha venido a ser ésta como una manía o enfermedad poco menos que general. Mas dime en conciencia: si de lo candente huimos, es decir, -de lo vivo y palpitante y contemporáneo y de actualidad, ¿a qué asuntos ha de consagrarse que sea de algún interés, la controversia católica? ¿A combatir enemigos que murieron ya siglos hace, y que como muertos y putrefactos yacen de todo el mundo olvidados en el panteón de la historia? ¿O a tratar en serio y con mucha formalidad y con grande ahínco asuntos de hoy, es verdad, pero acerca de los que no hay opinión discordante ni hostilidad alguna contra los sanos fueros de la verdad? ¿Y para eso ¡vive Dios! Nos apellidamos soldados los católicos, y representamos como ejército la Iglesia, y llamamos capitán a Cristo nuestro Señor? ¿Y fuera esa vida de lucha que sin cesar nos está intimando desde que por el Bautismo y Confirmación se nos armó caballeros para tan gloriosa milicia? ¿Guerra de comedia ha de ser en que se pelee contra enemigos pintados y fantásticos, con armas de pólvora sola y con espadas sin punta, a las que solamente se exige que brillen y metan vano ruido, pero que no hieran ni causen al contrario la menor desazón? No, por cierto, que si es verdad, como divina verdades el Catolicismo, verdad son y dolorosa verdad sus enemigos, verdad son y sangrienta verdad sus combates, verdad han de ser y no pura fantasía de teatro sus ofensivas y defensivas. De veras deben acometerse tales empresas y de veras llevarse a cabo: de veras deben ser, pues, las armas que se usen, de veras los tajos y reveses que se den, de veras las heridas que se causen o que se reciban.

Abro la historia de la Iglesia, y en todas las páginas de ella me encuentro escrita, con huellas de viva sangre muchas veces, esta verdad. Cristo Dios, con sin igual entereza, anatematizó la corrupción judaica, y frente afrente de las más delicadas preocupaciones nacionales y religiosas de su época, alzó la bandera de su predicación y lo pagó con la vida. Los Apóstoles, al salir del Cenáculo el día de Pentecostés, no se pararon en pelillos para echar en rostro a los príncipes y magistrados de Jerusalén el asesinato jurídico del Salvador. Y les costó azotes por de pronto, y luego la muerte, el haber tocado esa por aquellos días tan candente cuestión.

Y desde entonces a cada héroe de nuestro glorioso ejército ha hecho famosa la respectiva cuestión candente que le cupo en suerte dilucidar: la cuestión candente, la del día, no la fiambre y rezagada que perdió ya su interés, no la futura y nonnata que está aún en los secretos del porvenir. Los primeros apologistas se las hubieron cuerpo a cuerpo con el paganismo coronado y sentando nada menos que en trono imperial, cuestión candente en que se arriesgaba la vida. A Atanasio le valió persecuciones, destierros, fugas, amenazas de muerte, excomuniones de falsos concilios, la cuestión candentísima del Arrianismo que en sus días tuvo en conflagración a todo el orbe. Y Agustín, el gran adalid de todas las cuestiones candentes de su siglo, ¿acaso les tuvo miedo por su incandescencia a los grandes problemas planteados por el Pelagianismo? Así de siglo en siglo y de época en época, a cada cuestión candente, que saca enrojecida de las fraguas infernales el enemigo de Dios y del género humano, destinó la Providencia un hombre o muchos hombres, que como martillos de gran potencia sacudieren de firme sobre tales errores candentes. Que martillar sobre hierro candente, ese es buen martillar: no martillar sobre el hierro frío, que es martillar de pura broma. Martillo de los simoníacos y concubinarios de Alemania fue Gregorio VII; martillo de Averroes y falsos aristotélicos fue Tomás de Aquino; martillo de Abelardo fue Bernardo de Claraval; martillo de Albigenses fue Domingo de Guzmán: y así hasta nuestros días; que fuera largo recorrer la historia paso por paso en comprobación de una verdad que no mereciera los honores de una seria discusión, si no hubiese por desdicha tantos infelices empeñados en dejar obscurecida, a fuerza de levantar polvo, la misma evidencia.

Basta ya, pues, de eso, amigo lector; y dando un pasito más te diré, así en secreto que nadie nos oiga, que pues tuvo sus cuestiones candentes cada siglo pasado, cuestiones candentes y candentísimas debe de tener sin duda el siglo actual. Esto por necesidad. Y una de ellas, la cuestión de las cuestiones, la incandescente cuestión que con sólo tocarla despide chispas por todos lados, es la cuestión del Liberalismo. “Los peligros que en estos tiempos corre la fe del pueblo cristiano son muchos (han dicho poco ha los sabios y valerosos Prelados de la Provincia eclesiástica de Burgos); pero se encierran en uno; que es, digámoslo así, su gran denominador común: el Naturalismo… Llámese Racionalismo, Socialismo, Revolución, o Liberalismo, será siempre, por su condición y esencia misma, la negación franca o artera, pero radical, de la fe cristiana, y en consecuencia importa evitarlo con diligencia, como importa salvar las almas”.

Con tal autoridad y gravísima declaración tenemos oficialmente formulada la cuestión candente de nuestro siglo. Es verdad que no la había formulado con menor, sino con mucha mayor autoridad y claridad el gran Pío IX en cien repetidos documentos; ni la ha propuesto pocos días ha al mundo con menos ahínco nuestro actual Pontífice León XIII en su Encíclica Humanum genus, que tanto ha dado y da y dará que hablar, y que tal vez no es aún la última palabra de la Iglesia de Dios sobre estas materias [1].

¿Y por qué sobre todas las demás herejías que le precedieron había de tener cierto especial privilegio de respeto y casi de inviolabilidad el Liberalismo? ¿Acaso porque en la unidad de su absoluta y radical negación de la soberanía divina las resume y comprende a todas? ¿Acaso porque más que otra alguna ha extendido por todo el cuerpo social su infección y gangrena? ¿Acaso porque en justo castigo de nuestros pecados, ha logrado lo que algunas otras herejías no lograron, ser error oficial, legalizado, entronizado en los consejos de los príncipes y prepotente en la gobernación de los pueblos? No; que estas razones son precisamente las que han de mover y forzar a todo buen católico a predicar y sostener contra él, cueste lo que cueste, abierta y generosa cruzada. A ese, a ese, que es el enemigo, a ese que es el lobo, hemos de estar gritando a todas horas, siguiendo la consigna del universal Pastor, los que más o menos hemos recibido del cielo la misión de cooperar a la salud espiritual ‘del pueblo cristiano. Tendido queda el paño y principiada esta serie de breves y familiares conferencias. No será empero sin haber antes declarado que todos y cada uno de los puntos de ellas, hasta los más menudos ápices, quedan sujetos al inapelable fallo de la Iglesia, único seguro oráculo de infalible verdad.

Sabadell, mes del Santísimo Rosario, 1884

[1] No se había aún publicado la Encíclica Inmortale Dei.

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Aprobaciones

1. ¿Existe hoy día algo que se llama Liberalismo?

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